Lecturas del día siguiente


Jueves, 17 de agosto de 2017

El Arca de la Alianza del Señor va a cruzar el Jordán

delante de ustedes

Lectura del libro de Josué

3, 7-10a. 11. 13-17

El Señor dijo a Josué: «Hoy empezaré a engrandecerte a los ojos de todo Israel, para que sepan que Yo estoy contigo como estuve con Moisés. Ahora ordena a los sacerdotes que llevan el Arca de la Alianza: "Cuando lleguen al borde del Jordán, deténganse junto al río"».

Josué dijo a los israelitas: «Acérquense y escuchen las palabras del Señor, su Dios». Y añadió: «El Arca de la Alianza del Señor de toda la tierra va a cruzar el Jordán delante de ustedes. Y apenas los sacerdotes que llevan el Arca del Señor de toda la tierra apoyen sus pies sobre las aguas del Jordán, éstas se abrirán, y las aguas que vienen de arriba se detendrán como contenidas por un dique».

Cuando el pueblo levantó sus carpas para cruzar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza iban al frente de él. Apenas llegaron al Jordán y sus pies tocaron el borde de las aguas -el Jordán se desborda por sus dos orillas durante todo el tiempo de la cosecha- las aguas detuvieron su curso: las que venían de arriba se amontonaron a una gran distancia, cerca de Adam, la ciudad que está junto a Sartán; y las que bajaban hacia el mar de la Arabá -el mar de la Sal- quedaron completamente cortadas. Así el pueblo cruzó a la altura de Jericó. Los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza del Señor permanecían inmóviles en medio del Jordán, sobre el suelo seco, mientras todo Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que todo el pueblo terminó de cruzar el Jordán.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                         113A, 1-6

R.    ¡Aleluia, Aleluia, Aleluia!

Cuando Israel salió de Egipto,

la familia de Jacob, de un pueblo extranjero,

Judá se convirtió en su Santuario,

la tierra de Israel fue su dominio. R.

El Mar, al verlos, huyó,

el Jordán se volvió atrás;

los montes saltaron como carneros

y las colinas, como corderos. R.

¿ Qué tienes, Mar? ¿Por qué huyes?

Y tú, Jordán, ¿por qué te vuelves atrás?

Montes, ¿ por qué saltan como carneros,

y ustedes, colinas, como corderos? R.

EVANGELIO

No perdones sólo siete veces,

sino setenta veces siete

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

18, 21—19, 1

Se acercó Pedro y le preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Éste lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?" E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Palabra del Señor.

Reflexión

Jos. 3, 7-10. Dios promete a Josué engrandecerlo a los ojos de todo Israel, para que sepan que está con él. Y Josué, al dirigirse al Pueblo le indica que ellos conocerán que el Dios vivo está en medio de ellos.

Dios no es un ídolo, incapaz de salvar; el Señor es el único Dios vivo, cercano a su Pueblo y que por él hace grandes maravillas.

Puesto que han llegado a la tierra prometida, desaparece la columna que de día era como una nube y de noche como fuego. Ahora Dios estará en medio de su Pueblo bajo el signo del Arca de la Alianza. Los sacerdotes se encargarán de transportarla.

Para nosotros, Dios se nos ha hecho presente por medio de su propio Hijo; por su medio hemos recibido la Vida Divina. Dios habita en nosotros como en un templo. A nosotros corresponde escuchar su voz y ponerla en práctica, para que, al final, después de haber vivido y caminado en el amor, poseamos la Patria eterna, en cuyo ingreso nos ha precedido el Hijo de Dios, cargando su cruz y dando su vida por nosotros.

Sal 114 (113A). En su salida de la esclavitud; en su camino por el desierto y en su llegada a la posesión de la tierra prometida, los Israelitas encontraron muchos obstáculos que quisieron impedirles su camino: El mar, las montañas y colinas, y, finalmente, el río Jordán. Sin embargo, ante la presencia del Señor, la misma naturaleza se doblega; más aún, contribuye, a su modo, para que el Pueblo no se detenga.

En el momento supremo de la Redención, la misma naturaleza manifestará a su modo su dolor, su enojo, y su anuncio de que quien ha muerto en la cruz es el Hijo de Dios.

Si la naturaleza inanimada ha hecho esto, tendríamos que preguntarnos si nosotros no nos convertimos en un obstáculo para que la salvación llegue a todos. Ojalá y, por el contrario, contribuyamos para que el Evangelio llegue a más y más personas, de tal forma que todos encuentren al Señor y se salven.

Mt. 18, 21-19, 1. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Tal vez, al orar con estas palabras, valga la pena no olvidar que hemos de perdonar de corazón a los que nos ofenden.

Dios, el Dios misericordioso, siempre dispuesto a perdonar a quien se arrepiente, jamás cerrará su corazón para recibirnos y alegrarse porque su Vida y su Espíritu habitan en nosotros. La presencia del Señor en nosotros nos ha de hacer un signo de su amor y de su misericordia para con nuestro prójimo.

No podemos pasarnos la vida perdonando sólo de labios para fuera. Cuando el perdón es sincero, hasta nosotros ganamos en estabilidad interior, pues, desaparecidos los conflictos, recuperamos la paz interior. Por eso, aun cuando muchas veces seamos ofendidos, jamás nos cerremos al perdón. Sólo entonces podremos ser perfectos, como nuestro Padre Dios es perfecto.

En esta Eucaristía experimentamos el gran amor que Dios nos tiene: Dios misericordioso, siempre dispuesto a perdonar.

El Memorial de su Pascua es el Memorial de su amor por nosotros, en que nos manifiesta que así como un padre es compasivo con sus hijos, así es Dios compasivo con quien le ama.

Ojalá y que hagamos nuestro el perdón que Dios nos ofrece. Aceptar el perdón de Dios nos ha de llevar a aceptar que su vida se manifieste en nosotros, y no la muerte. Por eso nuestra vocación en Cristo es vocación a la Vida, vocación al Amor, vocación a la Misericordia. Quien entre en comunión con Cristo le ha de permitir al Señor convertirlo en un signo de Él en medio de todas las naciones.

Por eso debemos sabernos amar y perdonar como el Señor lo ha hecho con nosotros. No dejemos ni siquiera que Dios juzgue a quienes nos hayan ofendido; más bien, siguiendo el ejemplo de Cristo en la cruz, pidamos que Dios les perdone y demos ante Él alguna disculpa a favor de ellos.

Dios quiere una Iglesia de hermanos; no podemos destruirnos como si no poseyéramos el mismo Espíritu ni la misma Vida que proceden de Dios.

Quien toma venganza, quien destruye a su prójimo no puede orar diciéndole a Dios: Padre nuestro, pues eso sólo podemos decirlo movidos por el Espíritu, que nos une e identifica con Cristo.

Quien no sólo diga que cree en Él, sino quien en verdad haya entrado en comunión de Vida con el Señor, transparentará en su vida la presencia misericordiosa de Dios para con sus hermanos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber ser auténticos signo de reconciliación y de paz para nuestros hermanos. Así, estando Dios con nosotros, podremos ir delante de nuestro prójimo, con nuestro ejemplo, para ayudarlo a encontrarse con el Señor y a convertirse en digno poseedor de los bienes eternos. Amén.

Homiliacatolica.com