Liturgia - Lecturas del día

 

Lunes, 23 de octubre de 2017

La Escritura se refiere también a nosotros,

que tenemos fe en Él

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Roma

4, 20-25

Hermanos:

Abraham no dudó de la promesa de Dios, por falta de fe, sino al contrario, fortalecido por esa fe, glorificó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete. Por eso, la fe le fue tenida en cuenta para su justificación.

Pero cuando dice la Escritura: "Dios tuvo en cuenta su fe", no se refiere únicamente a Abraham, sino también a nosotros, que tenemos fe en Aquél que resucitó a nuestro Señor Jesús, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                    Lc 1, 69-75

R.    ¡Bendito sea el Señor; Dios de Israel!

Nos ha dado un poderoso Salvador

en la casa de David, su servidor,

como lo había anunciado mucho tiempo antes

por boca de sus santos profetas. R.

Para salvarnos de nuestros enemigos

y de las manos de todos los que nos odian.

Así tuvo misericordia de nuestros padres

y se acordó de su santa Alianza. R.

Del juramento que hizo a nuestro padre Abraham

de concedemos que, libres de temor,

arrancados de las manos de nuestros enemigos,

lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada,

durante toda nuestra vida. R.

EVANGELIO

¿Para quién será lo que has amontonado?

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

12, 13-21

Uno de la multitud dijo a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia»,

Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».

Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: "¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha" Después pensó: "Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida",

Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quién será lo que has amontonado?"

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

Palabra del Señor.

Reflexión

Rom. 4, 19-25. Los Israelitas, liberados de la esclavitud en Egipto, sólo vieron cumplida la promesa hecha por Dios a Abraham cuando tomaron posesión de la tierra prometida.

Así también, quienes mediante la Muerte de Cristo hemos sido liberados de la esclavitud al pecado, sólo veremos plenamente realizada nuestra salvación, nuestra justificación, cuando participamos eternamente de la Glorificación de Cristo resucitado. Entonces llegará a su plenitud la promesa de justificación, de salvación para nosotros, pues ésta no se realiza sólo al ser perdonados, sino al ser glorificados junto con Cristo, pues precisamente este es el Plan final que Dios tiene sobre la humanidad.
Aceptar en la fe a Jesús haciendo nuestro su Misterio Pascual nos acreditará como Justos ante Dios, el cual nos levantará de la muerte de nuestros pecados y nos hará vivir como criaturas nuevas en su presencia. No perdamos esta oportunidad que hoy nos ofrece el Señor.

Lc. 1, 69-75. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo, pues se ha manifestado hacia nosotros con un amor constante y fiel. Por medio de su Hijo nos ha liberado de la esclavitud de nuestros pecados y de la mano de todos los que nos odian. Haciéndonos hijos suyos ha cumplido las promesas hechas a nuestros antiguos padres.

Justificados en Cristo y en Él hechos hijos de Dios sirvamos, alabemos y bendigamos el Nombre de Dios desde ahora y para siempre.

Lc. 12, 13-21. La vida no depende de las riquezas. Llegado el momento de partir de este mundo todos los bienes acumulados se quedan, y los disfrutan quienes no los ganaron con el sudor de su frente. ¿Por qué no disfrutarlos honestamente y compartirlos con los que nada tienen? El Señor nos dice al respecto: Gánense amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengan que dejarlos, los recibirán en las moradas eternas.

El amor que nos lleva a partir nuestro propio pan para alimentar a los hambrientos, a vestir a los desnudos, a procurar una vivienda digna a los que viven en condiciones infrahumanas, son los bienes acumulados que nos hacen ricos a los ojos de Dios. Si vivimos así, en un amor comprometido hacia los demás, al final serán nuestras las palabras del Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel, entra a tomar posesión del gozo y de la vida de tu Señor.

En esta Eucaristía el Señor nos hace partícipes de la riqueza más grande que Él posee: La Vida eterna recibida de su Padre Dios. Por eso no vengamos sólo como espectadores a esta Celebración. Tampoco vengamos sólo con la intención de rezar, pidiéndole a Dios infinidad de cosas para llenar con ellas únicamente nuestras manos.
Más que con las manos, vengamos con el corazón abierto hacia Dios, para que Él habite en nosotros.

Su presencia en nuestro interior, además de hacer realidad nuestra justificación, nos impulsará para que llevemos a los demás la misma Vida que Él nos ha comunicado.

Entremos, pues, en comunión de vida con el Señor. Permitamos que su Vida se haga realidad en nosotros. Dejemos que su Espíritu guíe nuestros pasos por el camino del bien.

Llamados a ser portadores de la Vida, que hemos recibido por nuestra comunión con Cristo, hemos de pasar haciendo siempre el bien a todos. Hemos de morir a nosotros mismos para dar vida a los demás. Y nuestra muerte más que física, ha de convertirse en un despego de las cosas temporales para ayudar a los que nada tienen a vivir de un modo más humano.

Pero también hemos de morir a nuestros egoísmos, a nuestras miradas miopes que cierran nuestros ojos ante el dolor ajeno.

Si en verdad queremos vivir como quien ha sido justificado por Cristo, no podemos destruir a los demás; no podemos despreciarlos ni causarles más dolor, pues quien lo hace, con ello está indicando que aún permanece en la esclavitud y que no ha iniciado, siquiera, su camino hacia su libertad en Cristo.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, la gracia de tener una verdadera apertura a su Palabra, a su Vida y a su Espíritu, de tal forma que, renovados en Él, nos convirtamos, por nuestras buenas obras, en un signo creíble del amor de Dios para todos. Amén.

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