Lecturas del día anteri

Viernes, 22 de junio de 2018

Semana 11ª durante el año

Feria o Memoria libre – Verde / Blanco / Rojo

2 Reyes 11, 1-4. 9-18. 20 / Mateo 6, 19-23

Salmo responsorial Sal 131, 11-14. 17-18

R/. “El Señor hizo de Sión su Morada”

Santoral:

Santo Tomás Moro, San Paulino De Nola

y San Juan Fisher

¡Y Dios dijo, no!

Le pedí a Dios que me quitara mi orgullo, y dijo "No".

Me dijo que no era algo que Él tuviera que quitarme,

sino que yo tenía que entregar.

Le pedí a Dios que me concediera paciencia, y dijo "No".

Me dijo que la paciencia es fruto de la tribulación,

no se concede se conquista.

Le pedí a Dios que me diera felicidad, y dijo "No".

Me dijo que Él da bendiciones,

que la felicidad depende de mí.

Le pedí a Dios que me evitara el dolor, y dijo "No".

Me dijo que el dolor y el sufrimiento me apartan

de las preocupaciones mundanas y me acercan más a Él.

Le pedí a Dios que me hiciera crecer mi espíritu, y dijo "NO".

Me dijo que debo crecer personalmente, pero que Él

me podía de vez en cuando podar.

Le pregunté a Dios si me amaba, y dijo "Si".

Me dijo que había dado a su único Hijo

y que había muerto por mí, y que un día estaría

en el Paraíso porque tengo Fe.

Le pedí a Dios que me ayudara a Amar a otros,

como Él me ama, y dijo:

"Por fin estás comenzando a entender"

Claudia Minden Welsz

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Liturgia - Lecturas del día

Viernes, 22 de junio de 2018

Ungieron a Joás y todos aclamaron: «¡Viva el rey!»

Lectura del segundo libro de los Reyes

11, 1-4. 9-18. 20

Atalía, la madre de Ocozías, al ver que había muerto su hijo, empezó a exterminar a todo el linaje real. Pero Josebá, hija del rey Jorám y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, lo sacó secretamente de en medio de los hijos del rey que iban a ser masacrados, y lo puso con su nodriza en la sala que servía de dormitorio. Así lo ocultó de los ojos de Atalía y no lo mataron. Él estuvo con ella en la Casa del Señor, oculto durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país.

El séptimo año, Iehoiadá mandó buscar a los centuriones de la región de Caria y de la guardia, y los hizo comparecer ante él en la Casa del Señor. Hizo en ellos un pacto, comprometiéndolos bajo juramento, y les mostró al hijo del rey.

Los centuriones ejecutaron exactamente todo lo que les había ordenado el sacerdote Iehoiadá. Cada uno de ellos tomó a sus hombres –los que entraban de servicio y los que eran relevados el día sábado– y se presentaron ante el sacerdote Iehoiadá. El sacerdote entregó a los centuriones las lanzas y los escudos del rey David que estaban en la Casa del Señor. Los guaridas se apostaron, cada uno con sus armas en la mano, desde el lado sur hasta el lado norte de la Casa, delante del altar y delante de la Casa, para formar un círculo alrededor del rey. Entonces Iehoiadá hizo salir al hijo del rey y le impuso la diadema y el Testimonio. Se lo constituyó rey, se lo ungió, y todos aplaudireron, aclamando: «¡Viva el rey!»

Atalía oyó el griterío de la gente que corría, y se dirigió hacia la Casa del Señor, donde estaba el pueblo. Y al ver al rey de pie sobre el estrado, como era costumbre, a los jefes y las trompetas junto al rey, y a todo el pueblo del país que estaba de fiesta y tocaba las trompetas, rasgó sus vestiduras y gritó: «¡Traición!»

Entonces el sacerdote Iehoiadá impartió órdenes a los centuriones encargados de la tropa, diciéndoles: «¡Háganla salir de entre las filas! Si alguien la sigue, que sea pasado al filo de la espada». Porque el sacerdote había dicho: «Que no la maten en el Casa del Señor». La llevaron a empujones, y por el camino de la entrada de los Caballos llegó a la casa del rey; allí la mataron.

Iehoaidá selló la alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, comprometiéndose éste a ser el pueblo del Señor; y también sello una alianza entre el rey y el pueblo. Luego, todo el pueblo del país se dirigió al templo de Baal, lo derribó y destrozó por completo sus altares y sus imágenes. Y a Matán, el sacerdote de Baal, lo mataron delante de los altares.

El sacerdote estableció puestos de guardia en la Casa del Señor.

Toda la gente del país se alegró y la ciudad permaneció en calma. A Atalía la habían pasado al filo de la espada en la casa del rey.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                  131, 11-14. 17-18

R.    El Señor hizo de Sión su Morada.

El Señor hizo un juramento a David,

una firme promesa, de la que no se retractará:

«Yo pondré sobre tu trono

a uno de tus descendientes. R.

Si tus descendientes observan mi alianza

y los preceptos que Yo les enseñaré,

también se sentarás sus hijos

en tu trono para siempre». R.

Porque el Señor eligió a Sión,

y la deseó para que fuera su Morada.

«Éste es mi Reposo para siempre;

aquí habitaré, porque lo he deseado. R.

Allí haré germinar el poder de David:

yo preparé una lámpara para mi Ungido.

Cubriré de vergüenza a sus enemigos,

y su insignia real florecerá sobre Él». R

EVANGELIO

Allí donde esté tu tesoro, estará tu corazón

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

6, 19-23

Jesús dijo a sus discípulos:

No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!

Palabra del Señor.

Reflexión

2Re. 11, 1-4. 9-18. 20 ¿De parte de quién estamos? ¿Realmente tenemos a Dios por Padre? o ¿solamente adoramos al Señor con exterioridades, mientras nuestro corazón está lejos de Él?

El Señor hoy nos pide hacer nuestra la Victoria de su Hijo, no sólo sobre el pecado, sino sobre el autor del pecado y de la muerte: la serpiente antigua, o Satanás.

Y es entonces cuando, quienes creemos en Cristo debemos constatar no sólo el mal que hay en el mundo, sino el mal que anida en nuestros propios corazones, y que nos impide vivir a la altura, y con la dignidad de hijos de Dios.

Si le pertenecemos al Señor no nos convirtamos en portadores de signos de muerte, sino de vida.

No asesinemos a nuestro hermano, antes al contrario matemos el odio, la maldad, en fin: el pecado que hay en nosotros. Sólo entonces Cristo se levantará como Rey y Centro de nuestros corazones; y desde nosotros irá ocupando, poco a poco, el lugar que le corresponde en la Iglesia y en el mundo entero, y que nosotros quisimos, con nuestras y obras actitudes pecaminosas, arrebatarle de su mano.

Sal. 132 (131). Si Dios bendice a Sión por amor a David su siervo, Dios nos bendice a nosotros por amor a Jesús, su Hijo, en quien Dios cumplió las promesas hechas a David. Trabajemos constantemente conforme a los bienes que de Dios hemos recibido.

Que nuestra apertura a la vida de la gracia y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo nos ayude a llegar a ser una digna morada de Dios. Esa morada que no es construida con manos humanas, ni con materiales de este mundo, pues es Dios mismo quien la construye mediante su Amor que derrama en nuestros corazones.

Cuando en verdad el amor sea lo único que rija nuestra existencia, entonces Dios podrá reinar en nuestra propia vida y seremos descendencia, linaje de Dios; entonces sabremos que en verdad estamos llamados a permanecer eternamente ante Dios, pues Dios, que nos amó primero, concede la salvación a quienes le aman y le viven fieles.

Mt. 6, 19-23. Sigamos a Cristo sin esclavitudes a lo pasajero. Trabajemos por el Reino de Dios y su justicia que todo lo demás vendrá a nosotros por añadidura. Seamos capaces de venderlo todo, de repartir el dinero entre los pobres e ir tras las huellas de Jesús: eso es la radicalidad del seguimiento del Señor, no como contemplativos solamente, sino como contemplativos del Rostro del Señor y como testigos de su amor, proclamando el Evangelio tanto con las obras como con las palabras.

Ante el Señor y ante nuestro prójimo no podemos tener la mirada turbia por intereses pasajeros; no podemos hacer del Evangelio un negocio que nos reporte dividendos para vivir en comodidades y lujos.

Nuestro tesoro se acumula ahí donde está puesto nuestro corazón: Jesucristo, sentado a la diestra del Padre Dios; por eso nuestra mirada debe tener la limpieza cristalina nacida de sabernos amados por Dios hasta el extremo, para poder amar así también nosotros a nuestro prójimo.

Lo contrario sería meter ceguera, oscuridad en nosotros, y querer convertirnos en guías ciegos que conducen, en medio de las tinieblas del mundo, a otros ciegos, por no tener a Dios ni los criterios de amor que Él nos ha manifestado en Jesús, su Hijo.

En la Eucaristía contemplamos con toda claridad el desprendimiento del Señor de todo lo que posee, para hacernos ricos con su pobreza. Se ha despojado incluso de su propia vida para que nosotros compartamos con Él la vida que posee, recibida del Padre.

Él no solo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha puesto su morada en nuestro corazón, pues el Reino de Dios no sólo está cerca, sino dentro de nosotros.

Nosotros venimos en este día ante Él no sólo para contemplarlo, sino para llenarnos de su vida y de su Espíritu, de tal forma que podamos, con nuestras palabras, con nuestras obras y con nuestra vida misma, dar testimonio de que realmente el Señor se ha convertido en el centro de todo nuestro ser, y de que nosotros en verdad lo amamos con todo nuestro corazón.

Sólo a partir de ese encuentro y compromiso de fe con el Señor podremos, al igual que Él, hacer nuestras las alegrías, pero también las tristezas y angustias de los demás para tratar de remediarlas fortalecidos con su gracia, que en esta Liturgia se nos comunica.

Vivamos, pues, este momento como el principal, como el fundamental de nuestra vida y del testimonio que hemos de dar de nuestra fe en Cristo y de su Evangelio.

Entrar en comunión de vida con Cristo abre los ojos de nuestro corazón para que no sólo contemplemos la realidad y nos pasemos la vida haciendo análisis de ella, tratando de planear trabajos poco ambiciosos por el Reino de Dios.

Necesitamos ser valientes no sólo al proclamar el Evangelio, sino al hacerlo vida en nosotros, como Cristo mismo se hizo el Evangelio viviente del Padre para nosotros.

Él no ha querido nuestras riquezas externas; Él ha acumulado su tesoro de amor en nuestro corazón; ojalá y no dejemos que lo robe el ladrón maligno, ni lo destruya el olvido al paso del tiempo, sino que lo pongamos a trabajar en un amor sincero, real, en acciones concretas de cercanía a nuestro prójimo y de anuncio del Evangelio hecho testimonio tanto con las obras como con las palabras.

Ojalá y hechos cercanía para nuestro prójimo como Dios se hizo cercanía para nosotros, podamos decir de un modo real como san Pablo: Pesa sobre mí diariamente la preocupación por todas las comunidades cristianas. ¿Quién se enferma en ellas sin que yo no me enferme? ¿Quién cae en pecado sin que yo no me consuma de dolor?

Ojalá y aprendamos a hacer nuestras las angustias y esperanzas de todos nuestros hermanos para iniciar, a la luz del Evangelio, el camino hacia el hombre perfecto, que es Cristo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que en el anuncio del Evangelio, en el testimonio continuo de nuestra fe, en el trabajo constante por el Reino de Dios, nos dejemos guiar sólo por su Espíritu que habita en nosotros y no por mundanos criterios. Amén.

Homiliacatolica.com