Lecturas del día anterior


Sábado, 18 de agosto de 2018

Semana 19ª durante el año

Feria o Memoria libre – Verde / Blanco

Ezequiel 18, 1-10. 13b. 30-32 / Mateo 19, 13-15

Salmo responsorial Sal 50, 12-15. 18-19

R/. “¡Dios mío, crea en mí un corazón puro!”

Santoral:

Santa Elena

La fiesta eres Tú, Señor

Cada domingo, con la Eucaristía,

nos unimos en un mismo  sentir,

en una misma esperanza.

Brota la alegría de creer

la esperanza del más allá.

Nuestra fiesta, la auténtica fiesta,

eres Tú, Señor.

Cada domingo, la mesa del altar,

se agranda de tal manera

que, nadie puede quedar sin pan;

sin el pan de la fraternidad,

sin el pan de tu Palabra,

sin el pan de tu presencia,

¿Qué tiene tu pan, Señor?

Tiene el sabor de la eternidad.

El brillo del cielo.

El amor de Dios.

La fuerza del Espíritu.

¿Qué tiene tu pan, Señor?

Tiene el gozo de la vida cristiana.

Es fiesta adelantada del cielo.

Es pregón de lo que un día nos espera.

Sí, Señor; ¡Eres fiesta, eterna fiesta!

Aquí, en esta mesa del altar,

aperitivo, un adelanto

de lo que estamos llamados a gustar,

de una forma definitiva y eterna,

junto a Ti, junto a Dios, en el Espíritu,

con María, la Virgen, allá en el cielo.

Eres  fiesta, cada domingo Señor,

eres fiesta que pone en vilo nuestras almas.

Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia - Lecturas del día

Sábado, 18 de agosto de 2018

Yo los juzgaré a cada uno de ustedes según su conducta

Lectura de la profecía de Ezequiel

18, 1-10. 13b. 30-32

La palabra del Señor me llegó en estos términos: ¿Por qué andan repitiendo este refrán en la tierra de Israel: "Los padres comieron uva verde, y los hijos sufren la dentera"?

Juro por mi vida -oráculo del Señor- que ustedes nunca más dirán este refrán en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la del padre como la del hijo: la persona que peca, ésa morirá.

Si un hombre es justo y practica el derecho y la justicia; si no participa de las comidas sagradas en las montañas y no levanta sus ojos hacia los ídolos de la casa de Israel; si no deshonra a la mujer de su prójimo y no se acerca a una mujer en los días de su menstruación; si no oprime a nadie, si devuelve la prenda al deudor y no quita nada por la fuerza; si da su pan al hambriento y viste al desnudo; si no presta con usura ni cobra intereses; si aparta su mano de la injusticia y juzga imparcialmente en los litigios; si camina según mis preceptos y observa mis leyes, obrando con fidelidad, ese hombre es justo y seguramente vivirá -oráculo del Señor-.

Pero si engendra un hijo ladrón y sanguinario, que hace alguna de esas cosas, este hijo no vivirá. A causa de todas las abominaciones que cometió, morirá irremediablemente, y su sangre recaerá sobre él.

Por eso, casa de Israel, Yo los juzgaré a cada uno de ustedes según su conducta -oráculo del Señor-. Conviértanse y apártense de todas sus rebeldías, de manera que nada los haga caer en el pecado. Arrojen lejos de ustedes todas las rebeldías que han cometido contra mí y háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

¿Por qué quieres morir, casa de Israel? Yo no deseo la muerte de nadie -oráculo del Señor-.Conviértanse, entonces, y vivirán.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                        50, 12-15. 18-19

R.    ¡Dios mío, crea en mí un corazón puro!

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,

y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia

ni retires de mí tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

que tu espíritu generoso me sostenga:

yo enseñaré tu camino a los impíos

y los pecadores volverán a ti. R.

Los sacrificios no te satisfacen;

si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:

mi sacrificio es un espíritu contrito,

Tú no desprecias el corazón contrito y humillado. R.

EVANGELIO

No impidan a los niños que vengan a mí,

porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

19, 13-15

Trajeron a unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos».

Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

Palabra del Señor.

Reflexión

Ez. 18, 1-10. 13. 30-32. No podemos negar las implicaciones sociales de nuestros pecados personales. Sin embargo no podemos decir, de un modo fatalista, que no tiene caso convertirse a Dios cuando, a pesar de caminar con fidelidad en su presencia, tengamos que pagar con las culpas de nuestros antepasados de un modo vicario.

Hay Alguien que si cargó con el pecado de la humanidad de todos los tiempos: Cristo Jesús, para redimirnos a todos y para presentarnos libres de toda culpa ante su Dios y Padre.

Sin embargo el Señor nos indica que cada uno será responsable de su propia maldad o de su propia fidelidad ante Él. Y lo que importa ante Dios es nuestro presente. Ya san Pablo nos dirá: Quien se sienta seguro tenga cuidado de no caer.

Atrás quedan nuestros caminos de maldad cuando, arrepentidos, volvemos a Dios y Él nos perdona. Pero atrás queda también nuestra justicia y santidad cuando, rebeldes, nos volvemos contra Dios y nos alejamos de Él; entonces hay que reiniciar el camino de retorno a Él, rico en perdón y misericordia, pues Él no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.

Cada día, cada momento pidámosle al Señor que nos conceda tener un corazón nuevo y un espíritu nuevo para que permanezcamos como hijos suyos, y nos manifestemos como tales ante nuestro prójimo por la rectitud de nuestras obras y por nuestro sincero amor fraterno, que nos lleve a hacer siempre el bien a todos.

Sal. 51 (50). ¿Quién podrá sentirse libre de culpa ante Dios? A pesar de toda nuestra miseria Él nos sigue amando con un amor eterno y siempre fiel.

Si queremos llegar a la perfección del amor con que el Señor nos ama, hemos de acudir a Él para pedirle que sea Él el que cree en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir con su mandato de amor. Aquí se cumple lo que dirá san Agustín: Señor dame lo que me pides y después pídeme lo que quieras.

No somos nosotros los autores de la salvación; lo es Dios. Él es quien nos hace criaturas nuevas; Él es el que nos envía para que enseñemos a los descarriados sus caminos, de tal forma que vuelvan a Él los pecadores.

No queramos alcanzar nuestra purificación ofreciendo algo externo a nosotros. Ofrezcámonos nosotros mismos, junto con Cristo, como una ofrenda de suave aroma a Dios. Entonces, consagrados a Él, permaneceremos con Él eternamente.

Mt. 19, 13-15. Despreciado, humillado, perseguido, considerado de poca valía; así fue visto Jesús por los poderosos y por aquellos que se creían sabios y prudentes a los ojos del mundo.

Y el mundo tendrá en gran estima y se acercará a quienes presenten ese mismo rostro que él tiene a causa de la maldad, egoísmo y desprecio hacia los demás; y no permitirá que alguien, pensando que la cercanía de esos rostros ofendería al Señor, les impida acercarse a Él para ser bendecidos como discípulos suyos, tal vez más dispuestos a escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Esto, finalmente, será lo único que cuente para que el Reino de Dios sea nuestro. La Iglesia, continuando con la Misión que el Padre Dios le confió a su Hijo, debe tener esas mismas actitudes de Cristo, y esa preferencia por los pobres y pecadores, pues para eso ha sido enviada: para salvar a los culpables y para proclamar el Evangelio a los pobres no sólo con palabras, sino con las obras nacidas del amor que ha de llegar hasta el extremo de dar la vida por los demás.

El Señor nos reúne como hermanos suyos, para que junto con Él celebremos su Pascua en el Reino de los cielos, que ya se ha iniciado entre nosotros. Para Él no hay espacios que creen diferencias sociales. Él nos ama a todos por igual y nadie puede sentirse un paria, un discriminado, un despreciado a causa de su pobreza, de su pecado, de su raza, de su cultura. Él vivió en su más cruda realidad nuestras pobrezas, el desprecio y la traición de los suyos. Él experimentó nuestros dolores e hizo suyas nuestras heridas. Él nos ama porque nos sabe iguales a Él en el dolor y la pobreza, en el desprecio, en la persecución y en la muerte. Él sabe cuál es el camino de nuestra libertad total y cómo se llega a la plena realización de la persona hasta ser glorificada con Dios en la eternidad. Él recorrió ese camino de entrega en el amor que llega hasta sus últimas consecuencias, pues era necesario que padeciera todo esto para entrar así en su gloria.

Si queremos darle un nuevo rostro a la humanidad debemos ir tras sus huellas, cargando nuestra propia cruz de cada día, hasta ser glorificados junto con Él a la diestra de su Padre Dios. En la Eucaristía hacemos nuestro este compromiso no sólo escuchando, sino pronunciando nosotros mismos las palabras de la nueva y eterna alianza: Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; es mi Sangre que se derrama para el perdón de los pecados.

El Rostro doliente de la Iglesia, perseguida, incomprendida igual que su maestro, debe hacerla cercana a todo aquel que sufre, no para quejarse de su mala suerte, sino para ayudarlo a contemplar un futuro más justo, más fraterno, mejor realizado en el amor y para ayudarlo a ponerse en camino hacia su verdadera liberación con la firmeza de quien se sabe amado por Dios e impulsado por la presencia activa del Espíritu Santo.

No podemos vivir en cobardías que nos impidan caminar; no podemos vivir desanimados como si nada pudiera cambiar; no podemos vivir encadenados a los poderosos que quieren cerrarnos la boca con sus ofertas de cosas pasajeras.

No es la gloria humana la que buscamos; buscamos la gloria de Dios. Y ese camino está marcado por la cruz, signo del amor que toma en serio a todos y cada uno para salvarlos, sin importar el llegar hasta el extremo de dar la vida por quienes han de volver a Dios como hijos.

Teresa de Calcuta nos dice que hay que amar hasta que nos duela; mientras eso no suceda nuestro amor no puede considerarse verdadero sino sólo la repartición de las migajas que caen de nuestra mesa.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber dejar atrás nuestros caminos de maldad; de dejarnos amar, perdonar y renovar por Dios como criaturas nuevas, de tal forma que en verdad podamos colaborar en la difusión del Evangelio no tanto por nuestra ciencia humana, sino porque Dios, en medio de nuestras pobrezas materiales y espirituales, nos ha amado, nos ha perdonado y nos quiere enviar como testigos de su amor misericordioso, para la conversión de los pecadores y para la restauración de un orden social más justo y más fraterno entre nosotros. Amén.

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