Lecturas del día anterior


Miércoles, 17 de octubre de 2018

Semana 28ª durante el año

Feria – Verde

Gálatas 5, 18-25 / Lucas 11,42-46

Salmo responsorial Sal 1, 1- 4. 6

R/. “El que sigue al Señor tendrá la luz de la vida”

Santoral:

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

 

Mi vocación es el amor

No esperes sentir amor para realizar actos

concretos de amor, ¡aunque no sientas,

quieras amar!

Santa Teresa del niño Jesús nos muestra

que la santidad es posible, que está al alcance

de todos y que es posible para todas las edades,

para todas las situaciones de vida.

La vida de Santa Teresa es un continuo llamado

de Dios para todos nosotros: "¡sed santos!"

En la Iglesia, ella encontró el camino más corto,

más simple y el más correcto, como ella misma

dijo: "en la Iglesia encontré mi vocación: el amor".

Hoy, te invito a hacer gestos concretos de amor.

Ni es necesario buscar, el propio Dios nos coloca

personas que conviven con nosotros continuamente.

El pedido de Dios es que amemos estas personas

concretas con gestos concretos.

No tengas miedo de hacer gestos concretos de amor.

El amor se expresa con gestos. Inclusive, es más fácil.

Tú conoces a las personas, sabes sus necesidades,

sus gustos... ¿por qué, entonces, no amarlas

expresando eso con gestos concretos?

Hay dos caminos: a veces tenemos amor

en el corazón, basta convertirlos en gestos

concretos; y otras veces, no sentimos amor

y porque queremos amar, hacemos un acto

de voluntad, que acaba produciendo amor

en nuestro corazón.

¡Experimenta! No esperes sentir amor para realizar

actos concretos de amor, aunque no sientas,

quieras amar, ama, decídete por el amor y haz

todos los gestos que puedas para las personas

con quienes convives.

No dudes, no importa quién eres tú, cuál sea

tu estado de vida, tu profesión.

Tú podrás decir: encontré mi vocación: es el amor.

Que Dios bendiga esta linda aventura

Tu hermano.

P. Jonas Abib

Liturgia - Lecturas del día

Miércoles, 17 de octubre de 2018

Los que pertenecen a Cristo

han crucificado la carne con sus pasiones

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia

5, 18-25

Hermanos:

Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley.

Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios.

Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos.

Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                         1, 1-4. 6

R.    El que sigue al Señor tendrá la luz de la vida.

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,

ni se detiene en el camino de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los impíos,

sino que se complace en la ley del Señor

y la medita de día y de noche! R.

El es como un árbol plantado al borde de las aguas,

que produce fruto a su debido tiempo,

y cuyas hojas nunca se marchitan:

todo lo que haga le saldrá bien. R.

No sucede así con los malvados:

ellos son como paja que se lleva el viento.

Porque el Señor cuida el camino de los justos,

pero el camino de los malvados termina mal. R.

EVANGELIO

¡Ay de ustedes, fariseos!

¡Ay de ustedes, doctores de la Ley!

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

11, 42-46

Jesús dijo a los fariseos:

«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!

¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!»

Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros».

Él le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!»

Palabra del Señor.

Reflexión

Gal. 5, 18-25. ¿Quién de nosotros no ha experimentado los estragos que ha hecho en su interior la propia concupiscencia? Si de veras somos personas de fe no sólo hemos de tomar conciencia de que, junto con Cristo en la Cruz, hemos muerto al pecado, pues la simple conciencia de tal acontecimiento fácilmente se nos puede diluir y dejarnos nuevamente tras las apetencias de la carne. Más bien debemos sentirnos ontológicamente muertos al pecado, es decir: esa es nuestra realidad personal desde que, por medio de la fe y del bautismo, hemos unido nuestra vida a Cristo. Por eso, si vivimos con sinceridad nuestra fe, no podemos volvernos esclavos de las diversas manifestaciones del pecado, sino que, libres como hijos de Dios, hemos de dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que los frutos que proceden de Él se manifiesten desde nosotros a favor de la humanidad entera. Dios quiere que vivamos como hijos suyos y que todo lo que hagamos brote del Espíritu de Dios y no de nuestros caprichos, de nuestro egoísmo, o de nuestras malas inclinaciones. Por eso pidámosle que nos conceda un espíritu de una continua mortificación, es decir, de un continuo dar muerte en nosotros a todo aquello que nos impida ser un signo de su amor para todos. Vivamos, pues, en una continua conversión, permitiéndole al Señor hacer su obra en nosotros.

Sal. 1. Si queremos ser dichosos eternamente sigamos el camino del bien, no haciendo obras pecaminosas, no ofendiendo a Dios ni al prójimo. Si vivimos así el Señor protegerá nuestros caminos. El malvado, en cambio, ha tomado el camino de la perdición, pues sus obras manifiestan que, aun cuando tal vez diga con los labios que cree en Dios, sin embargo su corazón está muy lejos de Él. Ante nosotros se presentan esos dos caminos: el del bien y el del mal. Si realmente somos hombres de fe en Cristo, vayamos tras sus huellas para que lleguemos a gozar de la Gloria del Padre, pues no iremos tras el camino del pecado y de la muerte, sino tras el camino de la gracia y de la vida, y Vida eterna. Sabemos que muchas veces hacemos el mal que no deseamos, y no hacemos el bien que deseamos, pues nos arrastra nuestra concupiscencia; por eso acudamos al Señor para que nos fortalezca con su Gracia y con su Espíritu, de tal forma que siempre nos comportemos como hijos de Dios. Tomemos en serio nuestra fe; vivamos como hijos de Dios y, al reconocer nuestras propias miserias, pidamos perdón y vivamos en una continua conversión hasta que el Señor lleve a feliz término en nosotros su obra de salvación.

Lc. 11, 42-46. Qué fácil es decirle a alguien que es gente de Iglesia porque desembolsa grandes cantidades de dinero en favor de la misma, o porque paga puntualmente sus contribuciones a la Iglesia, o porque imparte pláticas y cursos como un gran experto en la fe. Mientras todos estos actos sólo sean una especie de paliativos a la conciencia para tratar de redimir con eso una vida desordenada o degenerada, que no quiere abandonarse, las alabanzas y sonrisas y agradecimientos que se reciban no servirán realmente de nada en la presencia de Dios.

El Señor, además de las obras de caridad nos pide que no nos olvidemos de la justicia y del amor de Dios. Que no sólo hablemos hermosa e ilustradamente acerca de la fe para hacer comprender a los demás sus compromisos de fe y de amor e invitarlos (obligarlos) (?) a amoldar su vida a ellos, sino que seamos nosotros los primeros en asumir nuestras responsabilidades en la fidelidad a la fe y al amor que proclamamos; de lo contrario seríamos cristianos de fachada, hipócritas, sepulcros blanqueados, aparentemente bellos, pero sólo por fuera, pues nuestro interior estaría lleno de carroña y podredumbre.

Vivamos con lealtad nuestra fe en Cristo haciendo nuestros su Vida y su Espíritu, y no nos conformemos pensando que ya estamos salvados por haber ayudado a nuestro prójimo, o por haber anunciado el Nombre del Señor.

El Señor nos ha convocado para estar con Él en esta Celebración de su Pascua. Venimos con la intención de ser los primeros en escuchar su Palabra para ponerla en práctica. El Señor nos quiere en Comunión de Vida con Él. Él nos quiere como un signo mucho muy claro de su amor salvador en medio de nuestros hermanos.

Por eso no podemos sólo cumplirle al Señor participando en la Eucaristía, tal vez diariamente, sino que lo haremos realmente cuando dejemos que su Espíritu haga suya nuestra vida y nos conduzca de tal forma que por medio nuestro Él se convierta en cercanía amorosa para todos para salvarlos, fortalecerlos, socorrerlos y manifestárseles como Padre Misericordioso.

Hagamos el bien. Como Cristo, pasemos haciendo el bien a nuestro prójimo. Pero para esto, antes que nada hemos de reconocer nuestra propia realidad, lo que realmente somos internamente.

No podemos dar una cara ante los demás mientras nuestro interior, mientras nuestras intenciones sean pecaminosas.

Por eso hemos de vivir en una continua conversión para ser más leales ante Dios, ante nuestro prójimo y ante nosotros mismos. Sabiendo que nosotros mismos somos pecadores no queramos juzgar ni rechazar a los demás a causa de sus pecados y miserias; ni queramos proyectar en ellos la realización del bien, con cargas pesadas, que nosotros no estamos dispuestos a cumplir o a llevar con amor.

Preocupémonos por construir un mundo más fraterno, más justo, más en paz. Pero que esto brote de nuestra sincera unión con Cristo y no por el afán de brillar ni de ser tenidos en cuenta.

Cuando seamos sinceros en hacer el bien a los demás sin que medien intenciones torcidas estaremos, realmente, construyendo un mundo cada día mejor, por haber actuado no conforme a nuestros criterios, sino conforme a los criterios de Cristo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe, de tal forma que, a partir de ella, podamos esforzarnos en continuar construyendo su Reino entre nosotros. Amén.

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